Para eso sirve la utopía: para caminar. (8 de Noviembre de 2016)


Ayer por la tarde estuve en un encuentro de Manuela Carmena con tres institutos de Madrid en los que los chavales llevan a cabo un programa de mediación para intervenir en los problemas de convivencia que surgen entre ellos. Durante dos horas, chicos y chicas de 12 a 19 años expusieron sus experiencias en la resolución de conflictos no punitiva, apostando por la intervención entre iguales a través del diálogo, la escucha de las partes implicadas y la búsqueda de acuerdos y compromisos.

Hablaron niños que habían pasado de suspender seis a sacar el curso limpio después de una tutorización por compañeros mayores y profes que creyeron en ellos. Chicos con dificultades para relacionarse que afirmaron "venirse arriba" cada vez que veían a uno de los compañeros que les apoyaban. Ex- alumnos que, estudiando ahora ciencias políticas, hacían su tesina sobre lo experimentado en el insti como mediadores, creyendo que esa era la base para construir una sociedad democrática...  y un grupito de cinco niñas y niños de 13 y 14 años que el curso pasado, formando parte de un grupo difícil, pusieron en marcha un plan para frenar el acoso a uno de sus compañeros y mejorar el ambiente de la clase, hablando con los chicos y chicas más disruptivos, ideando dinámicas de grupo y apoyando al chaval acosado. Lo consiguieron: cuando en una de las sesiones le tocó a hablar a él, dijo que ya podía comprometerse a "ser más feliz y sonreir". Ana formaba parte de ese grupito, y otros 3 ex-alumnos de mi cole. Uno de ellos estuvo en mi clase durante sus tres años de Ed. Infantil.

También tuvieron la palabra profes orgullosos y orgullosas de sus chicos y chicas, que sin alardes y con sencillez expusieron la falta de tiempo y de recursos para seguir con el programa, aunque dedicaron muy poco, poquísimo, a hablar de las dificultades con las que se encuentran y mucho a describir los resultados que alcanza su confianza en los chavales, cediéndoles a ellos y ellas todo el protagonismo. 

Es verdad que me sentí emocionada y orgullosa al escuchar a mi hija y a mis niños y niñas del Palomeras, pero eso sólo fue una pequeña parte de la experiencia vivida ayer tarde. Porque en aquella sala hubo, sobre todo, esperanza: sigue habiendo futuro en las manos y el corazón de esos casi niños y niñas que hablaban con la seguridad que dan los propios sueños. También en esos profes que les acompañan, y que hasta soltaron unas cuantas lágrimas escuchándoles... y en los políticos y políticas que ceden espacios para que estas experiencias se difundan... aunque hoy nos hayamos despertado con la noticia de que Donald Trump ha ganado las elecciones.

Cuando un pingüino se va... (21 de Junio de 2016)

Pasan los años (y ya son 21) y no acabo de hacer callo. De vez en cuando llega un mes de junio en el que en vez de "hasta luego" hay que decir "adiós". Una se queda al pie de la escalera y sus niños y niñas marchan al piso de arriba, a primaria. Y toca volver al fondo del pasillo.

Mañana es el último día de clase, las últimas horas en las que mis pingüinos y yo seremos un equipo. Tres años, cinco días a la semana, siete horas al día. No es la primera vez, pero ahí está ese nudo en la garganta, que no por conocido es más fácil de tragar.

En este trimestre la administración me obliga a hacer un informe de evaluación de esos en los que una se limita a poner cruces y sentenciar a base de "siempres" o "nuncas", pero además he incluido una carta de despedida a cada uno y cada una, intentando que mi adiós exprese un poquito del cariño y sobre todo la gratitud que me han habitado estos años. Ahí va una de ellas. 

Querida Zoe: Como cada fin de trimestre me siento frente al ordenador para contarle a tu familia todas las aventuras que hemos vivido; pero esta vez no utilizaré esas palabras difíciles que sólo entendemos los adultos, sino tu lenguaje, el mismo que habla de estrellas, juegos, arcoíris, chocolate y pasteles de arena. 

Por ser una niña. 8 de marzo de 2015

La clase empieza como todos los días. Mis chicos y chicas entran con la sonrisa puesta, enseñándome sus últimos tesoros antes de guardarlos en la bandeja: una piedra, un peluche, un dibujo. Otros me saludan con un abrazo que abarca apenas una de mis piernas, pues su altura no da para más. Papá o mamá piden desde la puerta del aula el último beso. Bajamos las sillas de las mesas intercambiando noticias de última hora. Lo que hemos desayunado hoy, un dolor de tripa, el recuerdo de nuestra última visita al huerto para ver los ajos que plantamos. Es Viernes y son las 9 de la mañana.

Nos sentamos en el corro para hacer la primera asamblea del día. La encargada de pasar lista nos saluda uno a uno y cuenta los que han faltado. El encargado del tiempo nos comunica que hace sol. La del día de la semana tacha la fecha en el calendario: 6 de marzo. Como si de repente se acordara de algo, Ainhoa corre hacia la puerta, abre su cajón y me trae un regalo. Es un boli coronado por una mano de cartulina con un texto escrito a lápiz. "Felicidades a todas las mujeres que no dejan de luchar". 6 de Marzo. El Domingo será 8 , día de la mujer trabajadora.

Después de que Sara nos cuente el plan de trabajo para el día, pongo cara de "se me ha ocurrido una cosa" y les digo que traigo una idea que me gustaría proponerles. Me miran expectantes y me explico.

-He pensado que a partir de ahora recogerán los juguetes sólo las chicas. Así los niños podrán descansar. ¿De acuerdo?.

Un silencio desconcertado responde a mi pregunta. En mi clase hay mayoría de niñas. Una de ellas asiente confundida, sin dejar de mirarme. Otras componen una mueca de extrañeza. Manuel deja de seguir los avatares de un escarabajo aventurero sobre el cristal de la ventana y abre la boca. Pedro, con una sonrisa abierta y luminosa, interviene:
-¡Vale!
- Es más- prosigo entusiasmada- también podrían guardar los cubos y las palas después del patio.
Hasta ahí podíamos llegar. Inma sacude sus rizos negros, se cruza de brazos y olvidándose de levantar la mano, habla.
- Pues no me parece bien.
- ¿Por qué?
- ¿Por qué los chicos no van a recoger?
- Bueno, porque vosotras sois chicas- digo como si la razón fuera evidente.
- Pues a mi tampoco me parece bien- Manuel se ha olvidado definitivamente del escarabajo y me mira con el ceño fruncido- Se van a cansar mucho.
- Pues lo ha dicho Carmen y ya está- dice Pedro.
-Ya, pero aquí no manda Carmen. Aquí mandamos todos.- Inma se ha incorporado y se mantiene de rodillas a duras penas.
- Vale, aquí mandamos todos- contesto- ¿Por qué no os gusta mi idea?
- Porque si todos jugamos todos recogemos. 
- Porque ser chica o chico no tiene nada que ver.
- Porque todos podemos hacerlo todo.

Hablan a la vez, quitándose las palabras de la boca, en un batiburrillo incesante. Llamo su atención con nuevas propuestas.
- Bueno, es que eso también lo he pensado. Veréis, se me ocurre que a partir de ahora las chicas podrían jugar sólo en la zona de cocinita y disfraces y los chicos en la de construcciones. 
Manuel no puede más, se pone en pie y desesperado dice 
- ¡¡Cocinita es mi rincón favorito!!
- ¡¡ Y construcciones el mío!!- añade María
Me cuesta un rato calmarles, hacer que se sienten y que me escuchen. Sus argumentos resuenan en el corro llenos de energía, rabia y seguridad a partes iguales. Todos somos iguales. Todos jugamos con todo. Los juguetes, los colores, la clase, es de chicos y de chicas. Todos tenemos que hacer las mismas cosas. En un mnomento dado, Inma me mira con preocupación y me dice : "Carmen, tú no has dormido bien. A mi me pasa, a veces."
Pues si, mis pinguinos y pinguinas son feministas de la igualdad, no de la diferencia. Lo tienen claro. Los pocos que asintieron al principio se unieron a los y las cabecillas sin ningún atisbo de duda. El motín está en marcha.
Cuando por fin se aquieta un poco el grupo puedo decirles que mis propuestas eran sólo una broma. "Pues no nos ha hecho gracia", me reprocha Lara.

- Claro que no- le digo. - No os ha hecho gracia porque estaría muy mal que se hicieran así las cosas. Tenéis razón. Pero... fijaos: hay lugares en los que las niñas no pueden ir al cole sólo por ser niñas. Hay lugares en los que una niña no podrá trabajar en lo que ella quiera sólo porque es una niña. Hay familias en las que las mamás trabajan fuera y luego siguen trabajando en casa, porque se supone que por ser chicas tienen que hacerlo. Hace tiempo, eso pasaba en todas partes, hasta que las chicas se hartaron y como vosotros dijeron que eso no era justo. Y para acordarnos de que no es justo y de que todos somos iguales, el Domingo se celebra el día de la mujer.   

Nuevamente se ha hecho el silencio, un silencio distinto. Hablamos de protestar, de "enseñar a los papás de esas niñas a que las lleven al cole, porque es una tontería que no vayan". De que "mi papá friega los platos, y el suelo, y cocina, como mamá. Pues el mío no, no hace nada en casa. Se lo pienso decir. Pues yo pienso ser astronauta, y como me digan que no puedo porque soy una chica se la van a cargar".

Cuando les propongo dibujar a una mujer que conozcan para felicitarla el 8 de Marzo, todos acogen la propuesta entusiasmados. Y todos y todas... dibujan a su madre. 

A las cuatro, una multitud de niñas y niños orgullosos llevan a sus familias hacia la pared repleta de mamás esbozadas con rotuladores de colores en folios de color morado: debajo de cada una, un nombre: Belén, Cristina, Susana, Emi, Almudena, Bea, Mónica. Arancha, Ruth, Carmen, Janet... todas rodean un poema que escribí hace tiempo, otro 8 de Marzo. Y bajo ellas, un texto: "Carmen, las pinguinas y pinguinos os desean que pronto no sea necesario celebrar el día de la mujer".

Guarderías. 31 de Agosto de 2014

Lo decía hace unas semanas: cuando las noticias tienen rostro concreto la indignación forma parte de ti en vez de rondarte como un insecto molesto que acaba escapando por la ventana. Y en este momento  ese rostro concreto me ha impulsado a sentarme frente a la pantalla y contaros su historia.

N es madre de un compañero de la clase de Ana. Tiene más o menos mi edad, es alta  y delgada, con una melena de rizos oscuros y un sentido del humor de andar por casa que convierte cualquier encuentro en la puerta del cole  en un buen rato de risas compartidas. Espontánea, franca y vital, es muy fácil imaginarla en su escuela infantil meciendo niños, consolando llantos y contando cuentos.

Lleva trabajando como educadora alrededor de 20 años, en una escuela de gestión indirecta que abrió junto a otras compañeras dejándose la piel en el proyecto; un proyecto en el que las ratios se respetaban y los niños y niñas no eran tratados como objetos a guardar. La escuela de N no era una guardería, sino un sitio donde cada niño era atendido no sólo en sus necesidades físicas sino en las de crecimiento, cariño y apego. Y en ello se volcaban las educadoras que la habían fundado y otras que fueron incorporándose con un contrato indefinido y una continuidad que hacía que a día de hoy la más reciente llevara 12 años trabajando.

Llegó la crisis y los recortes. Las subvenciones de la CAM pasaron de escasear a simplemente desaparecer. Los sueldos disminuyeron cada vez más en un intento de no despedir a nadie, aunque alguna educadora no pudo seguir en esas condiciones y los apoyos en las aulas se redujeron tanto que N tenía que atender a sus niños y niñas (de o a tres años) prácticamente sola.. El mes pasado cobraban 800 euros al mes trabajando 10 o más horas al día, pero allí seguían. Continuaba con su escuela, sus peques y todo su entusiasmo, la sonrisa intacta y la preocupación dejada a un lado.

El último día de Julio recibieron una llamada de la administración: la escuela de N ha pasado a ser propiedad de una empresa  que contratará a su propio equipo: chicas mucho más jóvenes que ella y sus compañeras, la mayoría sin titulación específica y que cobrarán mucho menos (aún) que esos 800 euros mensuales. Se ampliará la matrícula y las ratios que aprobara la LOGSE (8 bebés por aula con dos personas, 12 de 1-2 años, 20 de 2-3) aumentarán lo que esta dé de si. 

Mañana cuando empiece el curso las familias de la escuela no encontrarán a las educadoras de sus hijos. Y no volverán a la escuela, sino a una guardería. Como el piso de la Srta. Josefina en el que yo pasé mis primeros años, jugando en el salón de su casa, contando cuentos a un montón de niños cuando cumplí los cuatro años mientras ella preparaba los purés para todos.

N. y sus compañeras recogieron sus cosas a duras penas, porque es difícil trabajar y llorar al mismo tiempo. Ella no ha perdido la sonrisa: la creatividad que antes empleaba en sus niños la ha hecho pensar en un pequeño taller de artesanía. No se ve capaz de volver a trabajar como educadora, el golpe ha sido demasiado fuerte.

Su historia, las sus peques y sus familias, es la que se esconde detrás de las noticias que leemos cada vez que se cierra o privatiza una escuela infantil. Verbena, Las Nubes, Caracola... y estamos hablando de los más débiles y vulnerables. Bebés, niños que no han cumplido los tres años en unas condiciones en las que apenas se cubrirán sus necesidades de higiene y alimentación. Profesionales con una formación y una trayectoria de cuidado y estimulación que acaban en la calle por pretender un sueldo digno y exigir que se respete a los niños y niñas con los que trabajan.

No paséis de largo cuando leáis otra noticia como esta. Firmad, difundid, denunciad. 

Cuando N se decida a presentar sus mochilas y bolsos de tela hechos a mano, os lo haré saber. Es toda una artista.

Una historia más 15 de Julio de 2014


Durante 5 años tuve a alguno de sus hijos en clase. El primero fue Juan. Luego vino Roberto. Y por fin Yaiza, de quien he hablado en varias ocasiones. Hoy sigue Javier, en otra aula pero recordándome en cada gesto a sus hermanos: los 4 con los mismos ojos negros y esa sonrisa abierta que les llena de hoyuelos la cara, igual que a su madre.

A ellos les he visto sonreír en muchas ocasiones. Las sonrisas de J, en cambio, eran  escasas y siempre miraban hacia abajo.

J es una mujer muy guapa, con una belleza infantil, inocente y resignada. Por eso sorprende un poco conocer su historia, la historia de una madre fuerte, que no se cansa de buscar. Une madre que aprendió a leer y escribir después de tener a su primer hijo e intentó seguir estudiando sin lograrlo.  Que nunca tuvo casa propia (en realidad nunca tuvo casa propiamente dicha), y que saca adelante a la familia con lo que gana su marido vendiendo en mercadillos de barrio.

Cuando Yaiza llegó a mi clase fuimos estrechando lazos a través de las entrevistas que manteníamos sobre ella.Así me enteré de que vivían 8 personas en dos habitaciones, que los niños no sabían lo que era dormir en una cama, que cada vez que llovía la chabola se inundaba y los colchones y la ropa se mojaban. Que no había agua, ni calefacción ni servicio. Que la "casa" era de sus suegros y que continuamente le echaban en cara que estuvieran allí y le hacían la vida imposible.

J no contaba estas cosas a la primera. Es una mujer callada y afable, tranquila y dulce. Que llevara a sus hijos cada día al cole limpios, arreglados y con todo lo que hiciera falta cobró un nuevo valor después de sus confidencias. Me fue contando para explicarme las "noticias" de Yaiza sobre la lluvia a través del techo, su deseo de tener un WC  o el frío que hacía en invierno. Noticias contadas entre risas y como lo más normal del mundo, como corresponde a una niña de 3, 4...5 años.   

Sólo una vez se le quebró la voz y acabó con los ojos llenos de lágrimas, que se enjugó en seguida, avergonzada. 

J participaba en  los talleres, cosía los disfraces de carnaval, me preguntaba por lo que tenía que llevar Yaiza a clase cuando no entendía la nota, pagaba lo que podía pagar de la cooperativa de material... aunque siempre era reservada y hablaba poco con las demás familias.

Cuando Yaiza pasó a Primaria y nos despedimos su abrazo y su agradecimiento me llenaron de orgullo.

A finales de este curso se presentó en secretaría con toda su reserva  sofocada bajo un mar de angustia: por fin le habían asignado una vivienda, pero podía ser lejos del cole, en cualquier lugar de Madrid.  tenía que irse ya, iban a demoler su chabola en unos cuantos días. Y no quería irse. No quería que sus hijos dejaran el cole. Al día siguiente, Yaiza contaba orgullosa a sus compañeros  que Natalia, la directora, había llorado con su madre. Juan y Roberto, por su parte, también lloraron. Y yo. 

Llegó el último día de clase y empezaron los claustros, la recogida, las reuniones, la entrega de notas. Y cuando ya sólo quedaba una mañana más J volvió a aparecer con la cara llena de felicidad. Le habían adjudicado una casa en Vallecas, en el Pozo. Una casa de verdad, con cocina y tres habitaciones, con un cuarto de baño y hasta un pequeño patio. Para ellos solos, sus suegros vivirían en otro sitio. Por primera vez en su vida viviría en una casa y sólo con su marido y sus hijos.Y su alegría era tanto por eso como por poder estar cerca del cole. A nuestras preguntas respondió con entusiasmo que no tenía muebles y que los colchones los dejaría en la chabola, pues por las cucarachas y la humedad estaban en muy mal estado. Como hemos hecho en otras ocasiones nos apañaremos para ayudar y conseguir amueblar la casa, pero lo que realmente guardo en el corazón son los aplausos, las risas y los abrazos que estallaron en secretaría después de sus explicaciones entrecortadas. Por primera vez desde que la conozco sonreía también con la mirada, una mirada alta.

Supongo que a estas alturas ya habrán estrenado su nueva casa. 

No tiene ninguna importancia ni aporta nada a la historia, pero J es gitana. He pensado que no está de más ponerlo por si a alguien sí le importa el dato, por si cambia en algo posibles etiquetas.

A mi hija en su último día de Primaria. 20 de Junio de 2014

Querida Ana:

Hoy ha sido un día de emociones fuertes. Ahora mismo ni tú ni Diego estáis en casa, y llevo un rato dando vueltas sin hacer nada en concreto, como si estuviera en un laberinto de caminos amplios y fáciles pero también lleno de murallas altas.

Hoy  has dejado tu colegio.Oficialmente ya eres una estudiante de Secundaria. Esta mañana ha sido la última en la que hemos salido juntas de casa recorriendo el camino con prisa, yo callada e intentando amanecer, tú repleta de palabras atropelladas. El último recreo en el que te  he contemplado de pasada sentada en tu banco favorito con I , S o cualquiera de tus amigas, aunque en mis ojos repose aún la niña de las trenzas a la que le apasionaban las hadas, la misma que dibujaba princesas de faldas inmensamente largas, ojos pequeños y sonrisas enormes.

En esta aventura de crecer uno tiene que ir aprendiendo muchas cosas que le parecen importantes, casi imprescindibles. Pero con el tiempo, cuando se deja de contemplar el horizonte con avidez para pasar más tiempo en cubierta reconstruyendo el barco en el que navegamos se descubre que sólo dos de ellas son esenciales: saber amar y sentirse amados.

A  lo largo de estos años ha habido entre tus compañeros y compañeras quienes ignoraron o hirieron a otros para sentirse parte de un grupo (¿lo ves? para sentirse queridos, en definitiva) o para descargar la rabia que no consiguieron expresar de otra manera. Otros ocuparon de un salto el espacio de la persona escogida agitando los brazos febrilmente, gritando hasta que el otro lo echaba a empujones;  hubo también quienes se retiraron al último rincón  por miedo a no ser mirados... o quienes simplemente supieron buscar los ojos de quien estaba a su lado y sintieron así que el corazón tiraba irremisiblemente hacia el corazón del otro. Son esbozos y errores, acertados o torpes, que se ensayan desde los primeros juegos en el arenero, los renglones en papel rayado o las asambleas de primera hora del Lunes. Esbozos que no esconden maldad deliberada pero pueden hacer daño, o estrenos repletos de empatía y cariño que causan alegría y os construyen por dentro... porque los niños y niñas no sois adultos en miniatura, y vuestras emociones y experiencias tampoco valen menos o son menos intensas por vuestros pocos años.  

Tú sabes ponerte en el lugar del otro, desde que a los cuatro años llevabas a la asamblea los sentimientos heridos de quienes no se atrevían a hablar.
Nunca has agredido a nadie por mucho que te fastidiara, e incluso después del desahogo cuando eras tú la que llevaba esos conflictos al buzón de clase buscabas o preguntabas la manera de entender el por qué del comportamiento del otro.
No has dejado de defender a los más débiles aunque no te cayeran bien: bastaba que consideraras injusta una situación para vencer tu timidez y exponer tu punto de vista en el grupo, cada vez con más firmeza.
Te has mantenido al lado de tus amigos  aunque a veces vengan del otro lado del mundo y haya quien considere que eso es motivo para apartarles a un lado. Tu has pasado junto a ellos esa raya demostrándoles que podían contar contigo. 
Eres fiel a ti misma cuando no estás de acuerdo con los que tiran del grupo, los más populares, buscando tranquilamente tu sitio sin sentirte nunca menos que ellos, sin envidiarles ni atacarles, encogiéndote de hombros para después reanudar tus juegos.
Has sido capaz de pedir perdón y asumir tus errores cuando ha hecho falta, y ni siquiera en tus peores momentos has dejado de respetar a los demás. Eres una personita fuerte, sabia, compasiva, alegre, crítica, con una ética excepcional.

Decirte hoy lo mucho que te quiero no sería nuevo, no puedo dejar de quererte porque nunca ha sido una elección, sino una parte de mi que nació al mismo tiempo que tú y que igual que tú crece cada día. Pero hoy que te enfrentas a otro recodo en el camino hay mucho más en mi que ese amor incondicional que compartimos todos los padres y madres que tenemos la suerte de saber amaros, de poder amaros. Ese mismo amor os convierte a todos en seres especiales, pero yo tengo la enorme alegría de ver como todos los que te conocen están de acuerdo conmigo.
Has crecido. Has podido llegar a ser como eres porque el cole, tu cole (nuestro cole) te ha dejado suficiente espacio para crecer, considerando las divisiones de tres cifras, el sujeto, el predicado y las capitales del mundo  un mero complemento de lo importante, que siempre has sido tú.

Admiro la niña en la que te has convertido, la adolescente en la que pronto te convertirás. La admiro, la respeto y me siento orgullosa de ella.

Y por supuesto, siempre estaré a tu lado, desde las vallas grises del arenero en el que jugabas, ya como madre de dos estudiantes de Instituto, aunque, ¿sabes?... una pequeña parte vuestra siempre tendrá el aspecto de aquellos bebés de mejillas redondas que se acurrucaban en mi pecho deteniendo el tiempo.

Te quiero, 

Mamá.

Conflictos. 24 de mayo de 2014

El pasillo de Ed. Infantil es largo y mi aula está en uno de sus extremos. Un grupo de mis niños y niñas se preparan para salir el patio poniéndose el abrigo. Es un día de Mayo excepcionalmente frío.
Al otro extremo resuena un grito apremiante y lleno de alarma en la voz de A, de siete años : "Pero, ¡¡¿qué haces?!!"... dos segundos después , A y S ruedan por el suelo a puñetazo limpio. 

Atravieso corriendo el pasillo dejando a mis pinguinos a cargo de MJ y al llegar a los combatientes el grupito de niños que les rodea desaparece. Con cierto esfuerzo les separo y les pongo en pie. Luego les llevo a la Biblioteca y cierro la puerta. Cojo una silla y me siento frente a ellos.

Yo: ¿Qué ha pasado?
A : (rojo de indignación) ¡¡ S estaba empujando a un amigo que va en silla de ruedas y a V, que le llevaba!!
S (con lágrimas furiosas que empiezan a resbalar por su cara pese a todo el esfuerzo por contenerlas) : ¡¡¿Por qué  te metes en lo que no te importa?!!
Yo: No, S, si A o cualquiera ve que alguien le está haciendo daño a otro e interviene no se "está metiendo en lo que no le importa", está defendiendo a alguien que lo necesita. (aquí empiezo a compartir el enfado de A y mentalmente empiezo a preparar un buen rapapolvo para S; este, mientras, deja todo disimulo atrás y las lágrimas silenciosas se convierten en un llanto contenido y precisamente por eso cada vez más convulso). 
Yo: A ver, S, Dinos tú qué ha pasado. (A hace ademán de hablar pero le detengo con un gesto). Ahora le toca a él.
S: ¡¡Es que...yo... quería... llevarle!!
(Empiezo a entender.)
Yo: ¿Querías llevar la silla de ruedas?
S: Si... y V no me dejaba... y yo quería llevar a X... (S se echa a llorar entre hipidos. A le pone una mano en la espalda, mientras su cara pasa del enfado a la comprensión)
Yo: No pasa nada, estamos hablando para arreglarlo. Tu querías llevar a X y te has enfadado mucho cuando V cogió la silla, así que le has empujado para recuperarla, ¿no?
S: ¡¡Si!!
A: (sin dejar de acariciarle la espalda): pues hombre, ¡¡díselo!!
Yo: Claro, porque tú has pensado al verle que le estaba haciendo daño a X...
A: ¡Claro!
Yo: Pero A, a lo mejor como le has gritado y le has apartado de X a la fuerza S se ha enfadado contigo y se ha puesto nervioso.
S: ¡¡Si!!
Yo: S, ¿entiendes que A se ha asustado al ver lo que hacías y que estaba defendiendo a X?
S: Si... tenía que heberle dicho a V que me dejara llevar la silla.
A: bueno tío, yo me he pasado también , no llores.
Yo: ¿qué tal un abrazo de amigos?
Los dos asienten y se abrazan largamente. Luego soy yo la que abraza a S y le invito a respirar despacito, hasta que su llanto va calmándose. Los dos se van al patio charlando animadamente.
Cuando acaba el recreo y me dirijo a mi clase veo a S y a V llevando la silla de X entre los dos. Sonrío a S y este me devuelve la sonrisa mientras me muestra el pulgar hacia arriba.

Podía haberme limitado a separarles y regañar a los dos por pelearse en el pasillo, dejándoles un rato sin recreo, por ejemplo.
Podía haber castigado a S después de una regañina monumental por haber abusado de un compañero más débil que para más INRI iba en silla de ruedas.
Afortunadamente seguí los pasos para resolver cualquier conflicto entre l@s niñ@s que seguimos en el cole: escuchar y dejar hablar a TODAS las partes implicadas. Empatizar con cada una de ellas, verbalizar sus sentimientos. Preguntar por otras maneras de resolver lo que ha pasado. Buscar con el agresor una manera de compensar a la victima y reparar los daños, y "firmar" con él o ella un compromiso para que la situación no se vuelva a repetir.    
En este caso y contra toda apariencia no había agresor ni victimas, sólo una situación mal entendida. S es un niño con problemas de conducta, uno de esos a los que tiendes a culpar inmediatamente de lo que ha pasado cuando le  ves en algún lío "montado" precisamente porque así es la mayoría de las veces.
Los adultos tenemos mucho que aprender en esto de ser mediadores (no jueces implacables)  en situaciones en las que un niño puede hacer daño a otro. No lo sabemos todo. Nadie nos ha dado una autoridad que no se pueda cuestionar. Por lo menos, eso pensé ayer viendo a S, a V y a X regresar a su clase por la rampa.